Las llevo a casa, la deposito
sanas y salvas en el momento justo en que un rayo cae sobre el campanario de la
iglesia católica de la esquina. Las campanas rotas hacen un estruendo de mil
demonios al chocar contra el pavimento. Dentro de la iglesia una Virgen de yeso
se rompe en mil pedazos. El sacerdote lo coge tan de sorpresa que no tiene
tiempo de abrocharse el pantalón. Sus bolas se hinchan como rocas.
Melanie revolotea de un lado a
otro como un albatros demente. «¡Sécate las ropa!», grita. Me desvisto
solemnemente, entre jadeos, chillidos y regaños. Me meto la bata de Maude, la
de las plumas de marabú. Parezco un sarasa a punto de personificar a Loulou
Hurluburlu. Un desastre. Me está viniendo una erección, «una erección personal»,
no sé si sabes lo que quiero decir.
Maude está en el piso de arriba acostando
a la niña. Me paseo descalzo, con la bata completamente abierta. Una sensación
deliciosa. Melanie asoma la cabeza, sólo para ver si estoy bien. Se pasea en
bragas con el loro posado en su muñeca. Le dan miedo de los truenos. Estoy
hablando con ella con las manos cerradas alrededor de mi verga. Podría ser una
escena de El Mago de Oz de Memling.
Hora: dreiviertel-takt. De vez en
cuando vuelve a caer un rayo. Deja sabor a goma quemada en la boca.
Estoy parado frente al gran espejo
admirando mi gran verga temblorosa cuando Maude entra ligera. Está tan
juguetona como una liebre y toda ataviada en tul y muselina. No parece asustada
en absoluto por lo que ve en el espejo. Se acerca y se pone a mi lado. «¡Ábrelo!»
le digo con urgencia. «¿Tienes hambre?», Dice ella, al tiempo que se desabrocha
despacio. Le doy la vuelta y la aprieto contra mí. Alza una pierna para dejarme
entrar. Nos miramos en el espejo. Está fascinada. Le levanto la bata por encima
del culo para que pueda verlo mejor. La alzo y me rodea con sus piernas. «Sí,
hazlo», suplica. «¡Cógeme!, ¡Cógeme!» De pronto afloja las piernas, y se suelta.
Agarra el sillón grande y le da la vuelta, para apoyar las manos en el respaldo.
Su culo sobresale tentador. No espera a que se la meta, la agarra y se la hunde
ella misma, sin dejar de mirar al espejo. Yo se la meto y la saco lentamente,
sosteniendo mis faldas levantadas como una mujerzuela andrajosa. Le gusta verlas
salir… el camino que ha de recorrer antes de salir del todo. Pasa la mano por
debajo y juega con mis huevos. Ahora está completamente desatada, tan descarada
como una olla. Me retiro todo lo que puedo sin dejar que se salga completamente
y ella gira su culo, hundiéndose la verga de vez en cuando y apretándola con un
pico suave como una pluma. Finalmente ha tenido suficiente de eso. Quiere tumbarse
en el suelo y rodearme el cuello con las piernas. «Métela hasta dentro», me
suplica. «No tengas miedo de hacerme daño... Lo deseo. Quiero que hagas de todo»
Se la metí tan profundo que se sentí como si estuviera enterrándola en una cama
de mejillones. Era todo temblores y culebreos. Me incliné y le chupé las tetas;
los pezones estaban tiesos como uñas. De repente me bajó la cabeza hacia abajo
y se puso a morderme salvajemente los labios, las orejas, las mejillas, el
cuello. «Lo deseas, ¿verdad?», susurró. «¿Lo deseas?... ¡Lo deseas!» Sus labios
se torcieron obscenamente. «Lo deseas... ¡Lo deseas!» Y se alzó del piso completamente
en su abandono. Después, un gemido, un espasmo, una mirada enloquecida y
torturada como si su rostro estuviera bajo un espejo machacado por un martillo.
«No la saques todavía», gruñó. Se quedó tumbada, con las piernas colgando
todavía alrededor de mi cuello, y la banderita que tenía dentro comenzó a
crisparse y aletear. «Señor», dijo, «¡no puedo parar!». Mi verga estaba todavía
firme. Colgaba obediente sobre sus húmedos labios, como si estuviera recibiendo
el sacramento de un ángel lascivo. Volvió correrse, como un acordeón que se
desplomara sobre un pellejo lleno de leche. Y estaba cada vez más cachondo. Le
bajé sus piernas y las dejé descansar horizontalmente junto a las mías. «No te
muevas ahora, ¡Maldita sea!», dije. «Voy a darte hasta dentro». Me puse a
meterla y a sacarla lenta y furiosamente. «Ah, ah... ¡Oh!» susurraba ella, aspirando
el aliento. Seguía sin parar como un Juggernaut. Moloch cogiendo un pedazo de bombasí.
Organza Friganza. El bolero a estocadas directas. La mirada se le perdía; parecía
un elefante caminando sobre una pelota. Lo único que necesitaba era una trompa
para trompetear con ella. Era coger hasta la parálisis. Caí encima de ella y le
mordí los labios hasta deshilacharlos.
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Fragmento
del Capítulo 16 de Sexus, La Cruxificción Rosada, Libro 1,
escrito
en 1949 por el novelista norteamericano Henry
Miller.
Texto
leído en la Sesión 7 del Círculo.