Cecina


Cuando era niño alguien me dijo en el comedor de la plaza que la ceci­na era “carne de humano”, y que era por eso que su color y textura (incluso su aroma) fuese tan distinto de las demás car­nes. Y yo (inocente de mí), lo creí todo por supuesto. ¿Qué otra cosa se puede hacer a la tierna edad de 6 años sino tragarse todo lo que los adultos dicen? Nunca sentí tanto remordimiento por comerme un taco de ce­cina como en esa ocasión.

Recuerdo que esa noche no pude dormir bien. Me inquietaba sobremanera la idea de alguna día llegar a ver dentro del refrigera­dor de la casa los cuerpos de mamá, papá y el abuelo, colgando cada uno de ganchos de carnicería todos amontonados entre monstruosas cabezas de cerdo de mercado.

Me levanté de mi cama, para cerciorar­me que mis padres aún siguieran ahí. Me acerqué a su cama y contemplé sus despreo­cupados semblantes.

“Pobres”, pensé, hoy en una cama con cobija y mañana en una tortilla con guaca­mole y cebollitas cambray.

Al dirigirme a mi alcoba, noté una luz en medio de la obscuridad que provenía de la sala, me acerqué tallándome los ojos con la manga de la pijama.

“¡Ah! ¿Aún no te duermes muchacho?” me dijo el abuelo que estaba frente al tele­visor “mmmh… ven, acércate carboncito, acompáñame a ver esta película. Al fin y al cabo ya eres un hombrecito ¿verdad?”

Me levantó con sus brazos y me sentó a su lado.

“Mira, esta es la mejor parte, esos weyes se estrellaron en los andes y ahora tienen que ver cómo se las arreglan para sobrevi­vir.”

Me quedé azorado durante toda la mal­dita película, viendo como arrancaban pe­dazos de nalga con un vidrio filoso para después llevárselos a la boca para comer.

A la mañana siguiente en la escuela pri­maria la maestra nos dijo:
“A ver niños, la unión soviética dejó de existir, por lo tanto los mapitas que colo­reamos la semana pasada ya no sirven, así que. . .”
-Maestra, ¿qué es la unión soviética?- La interrumpió un niño.
-Era un país Carlitos
-Y, ¿por qué ya no existe?
-Carlitos, por el momento sólo colorea en este nuevo mapa anda- le extendió un planisferio muerto.
-Esas son cosas de adultos, ustedes sólo disfruten de su infancia no piensen mucho al respecto de esas cosas, ¡ah! Como quisiera ser niña otra vez: sin ningún problema.

Entonces se acercó a mi banca.

-A ver, ¡llevas toda la clase con eso!- me dijo
-Si no terminas no hay merienda
-Maestra- le dije
-¿Qué?

-Quiero comerme sus nalgas

Entonces me lance a sus enormes nalgas para morderlas con fuerza lacerante. 
Si tenía que comer nalgas, que las primeras fueran de la maestra.

Tiempo después, en el hospital mental donde me internaron; parado así como estaba en la ventana de mi habitación, observaba en la calle a un perro sarnoso que mordisquean­do hambriento los huesecillos menudos y secos de otro perro muerto se percató de mi mirada. Entonces, dejó lo que estaba hacien­do para decir:

-No me veas así
-¿Cómo?- le pregunté
-Con esa expresión de asco en tus ojos, como si los humanos no se comieran los unos a los otros.

FIN

Escrito el 29/11/11
02:28am





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Cuento de Fernando Quintero, “Fando”
Año 2012, Núm 3, págs. 16 y 17, leído y comentado en la Sesión 10 del Círculo.

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