Capítulo 5
Durante algún tiempo llegué a persuadirme
de que aquel hombre no significaba nada para mí. Y, sin embargo, cuando creía ya
mi amor por él totalmente extinguido, no tenía más que mirarme, para que yo sintiera
a este amor atenazarme más que nunca, apoderarse de mi corazón y arrebatarme la
razón. No tenía ya reposo, ni de día ni de noche. Tomé la resolución formal de no
ver más a Teleny, y no asistir tampoco a sus conciertos; pero las resoluciones de
los enamorados son como lluvia de abril, y en el último minuto, bajo el menor pretexto,
acababa cambiando siempre de opinión.
Ardía, además, por saber si la condesa
o cualquier otra persona seguía compartiendo sus noches. Pero no, el conde, que
estaba ausente, volvió inopinadamente de viaje y partió de nuevo para Niza, llevándose
con él a su mujer. No le quitaba, sin embargo, la vista a Teleny y, poco tiempo
después, lo vi salir con Bryancourt. Esto no tenía nada de anormal. Caminaban del
brazo hacia la casa del artista. Yo los seguía de lejos. Y, si celoso había estado
de la condesa, lo estaba ahora dos veces de Bryancourt. Si Teleny –me decía– pasa
cada noche con un amante distinto, ¿por qué me aseguró que su corazón suspiraba
por mí? En el fondo de mi corazón, yo estaba seguro de que era a mí a quien amaba,
y de que sus otros amores no eran más que caprichos, que mientras los demás amores
no eran sino meras satisfacciones de los sentidos, lo que sentía hacia mí era verdadero
amor, amor profundo. Llegados a la puerta de Teleny, ambos amigos se pusieron a
charlar, sin entrar a la casa. La calle estaba desierta. Sólo algunos paseantes
retrasados se apuraban por llegar a sus casas. Camuflado en la esquina de la calle,
no perdí ni uno solo de los movimientos de los dos conversadores. Por un momento,
llegué a creer que se separarían sin más porque veía a Bryancourt tender la mano
y tomar la de Teleny. Me sentía feliz. Después de todo – me dije– he juzgado mal
a Bryancourt; ¿por qué imaginarse que todos los hombres y todas las mujeres habrían
de enamorarse de ese pianista?
Pero mi alegría duró poco; y la escena
que siguió acabó de trastornarme: Bryancourt atrajo hacia sí a Teleny y..., sus
labios se unieron en un largo beso, un beso que a mí me supo a hiel; luego, tras
breve intercambio de palabras, la puerta se abrió y ambos desaparecieron tras ella.
Lágrimas de rabia, angustia y despecho empezaron a saltarme de los ojos; los dientes
me rechinaban y me mordí los labios hasta hacerme sangre; luego, me arrojé como
un loco sobre la puerta cerrada y comencé a dar puñetazos en ella. Se oyeron pasos
y yo huí. Vagué por las calles hasta la madrugada; luego, azorado, física y moralmente
herido, volví a casa.
Al día siguiente, volví a tomar la firme resolución de no volver jamás a los conciertos de Teleny, de no seguirlo nunca más, de olvidarlo; hubiera llegado incluso a abandonar la cuidad, si no hubiera encontrado un medio de librarme de este funesto amor. Nuestra camarera acababa de casarse y mi madre, antes de marcharse a tomar las aguas, había tomado a su servicio –por razones que sólo ella conocía– una muchacha de pueblo de aproximadamente unos dieciséis años, pero que parecía aún mucho más joven: hecho bastante raro, puesto que las muchachas del campo siempre representan más edad de la que tienen. Estaba lejos de encontrarla bella, pero todo el mundo parecía quedar atrapado por sus encantos. Esta fresca flor de los campos no tenía, bien es verdad, ni el más mínimo asomo de rusticidad, ni grosería. Era, por el contrario, viva como un gorrión y graciosa como un gatito; añada usted a esto el frescor de la hijo del campo, y yo diría, la acidez casi de un fruto verde, de una fresa o una frambuesa nacidas entre el musgo, y tendrá su perfecta descripción. A pesar de su origen pueblerino, uno se la representaba vistiendo ropas pintorescas, y tal vez un pañuelo rojo sobre los hombros, con la gracia salvaje de una joven cabritilla, presta a saltar al más mínimo ruido. Tenía la grácil flexibilidad de un muchacho y se la habría confundido con un de ellos de no ser por los senos firmes y redondos que podían adivinarse debajo del corpiño.
Aunque sabía que ni uno solo de sus movimientos pasaba inadvertido para quienes la observaban, parecía no darse cuenta de la admiración que causaba y se mostraba ofendida cuando alguien le demostraba de palabra o por gestos. Pobre de quien se atreviera a declararle francamente sus sentimientos; no tardaba ella en hacerle sentir que, junto con el frescor y la belleza de las rosas nacidas entre el musgo, tenía también sus espinas. De todas las personas que conocía, yo era la única que jamás le había prestado la más mínima atención. Al igual que el resto de las mujeres, su figura y su cara me dejaban indiferente. Sin embargo yo era el único hacia el que ella mostraba cierta inclinación. Su gracia felina, sus maneras provocativas, que le daban la apariencia de un Ganímedes, acabaron por complacerme, y aunque no sentía por ella ni amor, ni la más ligera inclinación, pensé que, a través de ella, podría aprender a amar y a olvidar al otro. Y si realmente hubiera podido experimentar un poco de amor por ella, creo que hubiera llegado incluso a desposarla, antes que convertirme en un sodomita y atarme a un ser infiel a quien tan poco importaba. –¿Acaso no podría yo– me decía –experimentar un poco de placer con esta muchacha, lo bastante como para calmar mis sentidos y adormecer mi cerebro enloquecido?– Y, sin embargo, ¿qué crimen era mayor: seducir a una pobre niña y perderla para siempre, haciéndola tal vez madre de un pequeño desgraciado, o ceder a la pasión que torturaba mi cuerpo y espíritu? Nuestra <<honorable sociedad>> considera lo primero como un simple pecadillo, mientras tiembla de horror ante lo segundo; y, estando como está nuestra honorable sociedad compuesta de hombres virtuosos, sin duda estos hombres virtuosos y honorables deben tener razón. Qué razones particulares los hacen pensar de este modo, es algo que ciertamente no sé. En mi estado de sobreexcitación, la vida se hacía intolerable, y yo no podía soportarla ya por más tiempo.
Al día siguiente, volví a tomar la firme resolución de no volver jamás a los conciertos de Teleny, de no seguirlo nunca más, de olvidarlo; hubiera llegado incluso a abandonar la cuidad, si no hubiera encontrado un medio de librarme de este funesto amor. Nuestra camarera acababa de casarse y mi madre, antes de marcharse a tomar las aguas, había tomado a su servicio –por razones que sólo ella conocía– una muchacha de pueblo de aproximadamente unos dieciséis años, pero que parecía aún mucho más joven: hecho bastante raro, puesto que las muchachas del campo siempre representan más edad de la que tienen. Estaba lejos de encontrarla bella, pero todo el mundo parecía quedar atrapado por sus encantos. Esta fresca flor de los campos no tenía, bien es verdad, ni el más mínimo asomo de rusticidad, ni grosería. Era, por el contrario, viva como un gorrión y graciosa como un gatito; añada usted a esto el frescor de la hijo del campo, y yo diría, la acidez casi de un fruto verde, de una fresa o una frambuesa nacidas entre el musgo, y tendrá su perfecta descripción. A pesar de su origen pueblerino, uno se la representaba vistiendo ropas pintorescas, y tal vez un pañuelo rojo sobre los hombros, con la gracia salvaje de una joven cabritilla, presta a saltar al más mínimo ruido. Tenía la grácil flexibilidad de un muchacho y se la habría confundido con un de ellos de no ser por los senos firmes y redondos que podían adivinarse debajo del corpiño.
Aunque sabía que ni uno solo de sus movimientos pasaba inadvertido para quienes la observaban, parecía no darse cuenta de la admiración que causaba y se mostraba ofendida cuando alguien le demostraba de palabra o por gestos. Pobre de quien se atreviera a declararle francamente sus sentimientos; no tardaba ella en hacerle sentir que, junto con el frescor y la belleza de las rosas nacidas entre el musgo, tenía también sus espinas. De todas las personas que conocía, yo era la única que jamás le había prestado la más mínima atención. Al igual que el resto de las mujeres, su figura y su cara me dejaban indiferente. Sin embargo yo era el único hacia el que ella mostraba cierta inclinación. Su gracia felina, sus maneras provocativas, que le daban la apariencia de un Ganímedes, acabaron por complacerme, y aunque no sentía por ella ni amor, ni la más ligera inclinación, pensé que, a través de ella, podría aprender a amar y a olvidar al otro. Y si realmente hubiera podido experimentar un poco de amor por ella, creo que hubiera llegado incluso a desposarla, antes que convertirme en un sodomita y atarme a un ser infiel a quien tan poco importaba. –¿Acaso no podría yo– me decía –experimentar un poco de placer con esta muchacha, lo bastante como para calmar mis sentidos y adormecer mi cerebro enloquecido?– Y, sin embargo, ¿qué crimen era mayor: seducir a una pobre niña y perderla para siempre, haciéndola tal vez madre de un pequeño desgraciado, o ceder a la pasión que torturaba mi cuerpo y espíritu? Nuestra <<honorable sociedad>> considera lo primero como un simple pecadillo, mientras tiembla de horror ante lo segundo; y, estando como está nuestra honorable sociedad compuesta de hombres virtuosos, sin duda estos hombres virtuosos y honorables deben tener razón. Qué razones particulares los hacen pensar de este modo, es algo que ciertamente no sé. En mi estado de sobreexcitación, la vida se hacía intolerable, y yo no podía soportarla ya por más tiempo.
Una mañana de aquellas, volví a casa
fatigado, hostigado por una noche sin sueño, y con la sangre abrasándome por los
nervios y el alcohol que había bebido. Tomé, nada más al llegar, un baño frío, me
vestí de nuevo y llamé a la muchacha a mi habitación. Viendo mi aire atribulado,
la palidez de mi cara y mis ojos rodeados de grandes ojeras, ella me preguntó:
–¿Está usted enfermo, señor?– –Sí, no me encuentro bien–. –¿Dónde ha pasado usted
la noche?– –¿Dónde?– repetí yo –Sí, usted no volvió ayer por la noche– Una risa
nerviosa fue mi única respuesta. Tenía la certidumbre de que una naturaleza como
la suya tenía que ser dominada de un solo golpe, más que asediada gradualmente;
yo la tomé, pues, en mis brazos y la besé en la boca. Ella intentó escaparse, más
como un pájaro sin defensa que bate las alas que como un gato que enseña las uñas.
Se enroscaba, apoyando sus senos contra mi pecho, sus piernas contra las mías; y
yo la apretaba cada vez más, apoyando mis labios de fuego sobre los suyos, y respirando
su aliento suave y fresco. Eran aquellos los primeros besos que recibía en la boca
(como más tarde me confesaría), y la sensación que le produjeron la sacudió como
una descarga eléctrica. La cabeza le daba vueltas, sus ojos se le nublaban de debilidad,
pero, cuando quise introducir mi lengua entre sus dientes, su pudor se rebeló, y
empezó a resistirse y a negarse a consentir tal cosa. Le parecía –me dijo– como
si le introdujeran un trozo de hierro ardiendo en la boca, y creía estar cometiendo
un crimen abominable –No, no– gritaba –me ahoga usted. Me mata, ¡déjeme! No puedo
respirar. ¡Déjeme o pido auxilio!– Yo hice oídos sordos a estas quejas y pronto
mi lengua entera penetró en su boca.
La tomé entonces entre mis brazos, ligera como una pluma, y la tendí en la cama. El pajarillo que agitaba las alas dejó de ser una tórtola indefensa, para convertirse en un halcón, que lanzaba picotazos al aire, debatiéndose con todas sus fuerza, arañándome, mordiéndome, amenazándome con arrancarme los ojos, cubriéndome de puñetazos. Nada excita tanto al placer como la batalla. Una corta lucha acompañada de sonoros golpes y algunos cachetes ponen a cualquier hombre en erección, del mismo modo que, más que ningún otro afrodisíaco, actúa mejor sobre un viejo agostado que una buena flagelación. La lucha produjo, pues, su efecto tanto en ella como sobre mí; pero, tan pronto la hube colocado de espaldas sobre el lecho, cuando, dejándose caer sobre el suelo, se me escapó de las manos como una anguila, y de un salto de cabra llegó hasta la puerta. Yo, sin embargo, había tenido la precaución de dejarla cerrada con llave. La lucha dio de nuevo comienzo; era preciso que fuera mía. De haber cedido cobardemente, sin duda la habría dejado marchar; pero la resistencia la hacía deseable. Mis brazos la estrecharon; nuestros cuerpos quedaron estrechamente apretados, ella se retorcía y suspiraba. Yo introduje una de mis piernas entre las suyas, sus senos palpitaban bajo mi pecho, y ella no cesaba de propinarme golpes, cada uno de los cuales atizaba aún más mi fuego. Me había quitado ya la chaqueta. Los botones de mi chaleco y de mi camisa estaban desabrochados, el cuello de la camisa desgarrado, y ésta hecha pedazos, mientras mis brazos sangraban por varias partes. En cuanto a ella, sus ojos despedían llamas, como los de un lince, y sus labios expresaban su concupiscencia; parecía ahora luchar, no para defender su virginidad, sino por el placer de luchar. Mientras oprimía mis labios contra los suyos, sentí su cuerpo temblar, y una vez, la punta de su lengua penetró ligeramente en mi boca, mostrándose con esto tan llena de placer como una ménade en su iniciación. Yo la deseaba y, sin embargo, experimentaba la tristeza de tener que sacrificarla en el altar de Venus.
Tomándola entre mis brazos, la transporté de nuevo hacia el lecho. ¡Qué hermosa me pareció entonces! Los bucles de sus cabellos, desatados durante la lucha, se derramaban sobre la almohada. Sus ojos vivos y negros, rodeados de cortas pero espesas pestañas, brillaban con un fuego casi fosforescente, su cara estaba llena de manchas de mi sangre, y sus labios temblorosos hubieran hecho vibrar con vida nueva el pene flácido de cualquier monsignore caduco. Yo la mantuve durante un momento debajo de mí, limitándome a admirarla. La fijeza de mis miradas la molestó, la irritó, e intentó escapar de nuevo. Los corchetes y broches de su vestido habían saltado casi todos, y a través de las desgarraduras podía yo ver su carne deliciosa, bruñida por los días de cosecha pasados bajo el sol ardiente, y una parte de sus redondos senos –y bien sabe usted que estos entrevistos furtivos son más excitantes que las frías exhibiciones de carnes de los bailes, los teatros y los burdeles–. Acabé de desgarrar todos los obstáculos. Con una mano empecé a registrarle su pecho, intentando deslizar la otra por debajo de su vestido; pero sus enaguas estaban tan estrechamente apelmazadas entre sus piernas, y éstas, tan fuertemente cerradas, que no había modo de llegar al objetivo. Después de un buen número de gritos ahogados, parecidos a los de un pájaro, después de muchos esfuerzos y muchos desgarrones, de muchas mordeduras y muchos arañazos, mi mano alcanzó por fin a tocar sus rodillas y pudo ascender por sus piernas. A pesar de su apariencia frágil, sus carnes tenían la firmeza y la redondez de las de un acróbata. Había logrado llegar al fin a la entrepierna, y posar mis dedos sobre el bosque de pelusa que corona el monte de Venus. Empecé a frotar la parte superior de la hendidura; ella pidió gracias; los labios se abrieron. Yo intenté introducir el dedo. –Me hace daño; me está arañando ahí– gritó ella. Finalmente sus piernas perdieron rigidez, y pude levantar las faldas; ella protestó, haciéndose un más de lágrimas, lágrimas de miedo, de vergüenza, de despecho. Retiré entonces el dedo, y al hacerlo, me di cuenta de que se hallaba también mojado por las lágrimas, pero unas que nada tenían de amargas. –¡Ea!– le dije, tomando su cabeza y cubriéndola de besos, –¡no tengas miedo! Era para jugar sólo. No tengo intención de hacerte daño. ¡Hala!, levántate. Puedes irte si quieres. No te retendré más contra tu voluntad–. Y, diciendo esto, le pellizqué sus pequeños pezones, no más grandes que una fresa salvaje y con un olor parecido al de ésta, y ella se agitó debajo de mí, exhalando un suspiro. –No– dijo. –No me iré, estoy en su poder. Haga de mí lo que quiera. No me defenderé más. Sólo recuerde que, si me pierde, me mataré–. Había en sus ojos una tal determinación al proferir esta amenaza, que sentí miedo y resolví dejarla marchar.
¿Podría nunca perdonarme haber sido el causante de su suicidio? Y, sin embargo, la pobre niña me miraba con sus ojos tan llenos de amor, que era evidente que el fuego de su cuerpo la consumía. ¿No era quizás mi último deber apagar este fuego, y hacerle conocer el éxtasis que sus sentidos deseaban? –Te juro– le dije –que no te haré ningún mal; no te asustes, sólo quédate tranquila. Levanté su camisa de tela basta y pude ver entonces la hendidura más pequeña que jamás se haya visto, y dos labios de coral sombreados por un bosquecillo negro, sedoso y suave. Los labios tenían el frescor de esas conchas de color rosado que abundan en las playas de los mares de Oriente. Los encantos de Leda que empujaron a Júpiter a convertirse en Cisne, o los de Dánae, cuando abrió sus piernas para recibir la ardiente lluvia de oro del dios olímpico, no pueden haber sido más tentadores que los labios de esta pequeña campesina. Al entreabrirse, descubrían una pequeña baya, fresca y llena de salud, gota de rocío coloreada de rojo al posarse sobre el capullo de rosa. Mi lengua la oprimió durante un segundo, y la muchacha quedó transportada por un placer que jamás había sentido.
La tomé entonces entre mis brazos, ligera como una pluma, y la tendí en la cama. El pajarillo que agitaba las alas dejó de ser una tórtola indefensa, para convertirse en un halcón, que lanzaba picotazos al aire, debatiéndose con todas sus fuerza, arañándome, mordiéndome, amenazándome con arrancarme los ojos, cubriéndome de puñetazos. Nada excita tanto al placer como la batalla. Una corta lucha acompañada de sonoros golpes y algunos cachetes ponen a cualquier hombre en erección, del mismo modo que, más que ningún otro afrodisíaco, actúa mejor sobre un viejo agostado que una buena flagelación. La lucha produjo, pues, su efecto tanto en ella como sobre mí; pero, tan pronto la hube colocado de espaldas sobre el lecho, cuando, dejándose caer sobre el suelo, se me escapó de las manos como una anguila, y de un salto de cabra llegó hasta la puerta. Yo, sin embargo, había tenido la precaución de dejarla cerrada con llave. La lucha dio de nuevo comienzo; era preciso que fuera mía. De haber cedido cobardemente, sin duda la habría dejado marchar; pero la resistencia la hacía deseable. Mis brazos la estrecharon; nuestros cuerpos quedaron estrechamente apretados, ella se retorcía y suspiraba. Yo introduje una de mis piernas entre las suyas, sus senos palpitaban bajo mi pecho, y ella no cesaba de propinarme golpes, cada uno de los cuales atizaba aún más mi fuego. Me había quitado ya la chaqueta. Los botones de mi chaleco y de mi camisa estaban desabrochados, el cuello de la camisa desgarrado, y ésta hecha pedazos, mientras mis brazos sangraban por varias partes. En cuanto a ella, sus ojos despedían llamas, como los de un lince, y sus labios expresaban su concupiscencia; parecía ahora luchar, no para defender su virginidad, sino por el placer de luchar. Mientras oprimía mis labios contra los suyos, sentí su cuerpo temblar, y una vez, la punta de su lengua penetró ligeramente en mi boca, mostrándose con esto tan llena de placer como una ménade en su iniciación. Yo la deseaba y, sin embargo, experimentaba la tristeza de tener que sacrificarla en el altar de Venus.
Tomándola entre mis brazos, la transporté de nuevo hacia el lecho. ¡Qué hermosa me pareció entonces! Los bucles de sus cabellos, desatados durante la lucha, se derramaban sobre la almohada. Sus ojos vivos y negros, rodeados de cortas pero espesas pestañas, brillaban con un fuego casi fosforescente, su cara estaba llena de manchas de mi sangre, y sus labios temblorosos hubieran hecho vibrar con vida nueva el pene flácido de cualquier monsignore caduco. Yo la mantuve durante un momento debajo de mí, limitándome a admirarla. La fijeza de mis miradas la molestó, la irritó, e intentó escapar de nuevo. Los corchetes y broches de su vestido habían saltado casi todos, y a través de las desgarraduras podía yo ver su carne deliciosa, bruñida por los días de cosecha pasados bajo el sol ardiente, y una parte de sus redondos senos –y bien sabe usted que estos entrevistos furtivos son más excitantes que las frías exhibiciones de carnes de los bailes, los teatros y los burdeles–. Acabé de desgarrar todos los obstáculos. Con una mano empecé a registrarle su pecho, intentando deslizar la otra por debajo de su vestido; pero sus enaguas estaban tan estrechamente apelmazadas entre sus piernas, y éstas, tan fuertemente cerradas, que no había modo de llegar al objetivo. Después de un buen número de gritos ahogados, parecidos a los de un pájaro, después de muchos esfuerzos y muchos desgarrones, de muchas mordeduras y muchos arañazos, mi mano alcanzó por fin a tocar sus rodillas y pudo ascender por sus piernas. A pesar de su apariencia frágil, sus carnes tenían la firmeza y la redondez de las de un acróbata. Había logrado llegar al fin a la entrepierna, y posar mis dedos sobre el bosque de pelusa que corona el monte de Venus. Empecé a frotar la parte superior de la hendidura; ella pidió gracias; los labios se abrieron. Yo intenté introducir el dedo. –Me hace daño; me está arañando ahí– gritó ella. Finalmente sus piernas perdieron rigidez, y pude levantar las faldas; ella protestó, haciéndose un más de lágrimas, lágrimas de miedo, de vergüenza, de despecho. Retiré entonces el dedo, y al hacerlo, me di cuenta de que se hallaba también mojado por las lágrimas, pero unas que nada tenían de amargas. –¡Ea!– le dije, tomando su cabeza y cubriéndola de besos, –¡no tengas miedo! Era para jugar sólo. No tengo intención de hacerte daño. ¡Hala!, levántate. Puedes irte si quieres. No te retendré más contra tu voluntad–. Y, diciendo esto, le pellizqué sus pequeños pezones, no más grandes que una fresa salvaje y con un olor parecido al de ésta, y ella se agitó debajo de mí, exhalando un suspiro. –No– dijo. –No me iré, estoy en su poder. Haga de mí lo que quiera. No me defenderé más. Sólo recuerde que, si me pierde, me mataré–. Había en sus ojos una tal determinación al proferir esta amenaza, que sentí miedo y resolví dejarla marchar.
¿Podría nunca perdonarme haber sido el causante de su suicidio? Y, sin embargo, la pobre niña me miraba con sus ojos tan llenos de amor, que era evidente que el fuego de su cuerpo la consumía. ¿No era quizás mi último deber apagar este fuego, y hacerle conocer el éxtasis que sus sentidos deseaban? –Te juro– le dije –que no te haré ningún mal; no te asustes, sólo quédate tranquila. Levanté su camisa de tela basta y pude ver entonces la hendidura más pequeña que jamás se haya visto, y dos labios de coral sombreados por un bosquecillo negro, sedoso y suave. Los labios tenían el frescor de esas conchas de color rosado que abundan en las playas de los mares de Oriente. Los encantos de Leda que empujaron a Júpiter a convertirse en Cisne, o los de Dánae, cuando abrió sus piernas para recibir la ardiente lluvia de oro del dios olímpico, no pueden haber sido más tentadores que los labios de esta pequeña campesina. Al entreabrirse, descubrían una pequeña baya, fresca y llena de salud, gota de rocío coloreada de rojo al posarse sobre el capullo de rosa. Mi lengua la oprimió durante un segundo, y la muchacha quedó transportada por un placer que jamás había sentido.
Un momento después nos hallábamos
uno en brazos del otro. –¡Oh, Camille!– decía ella, –¡no sabe cuánto lo amo!– Esperaba
sin duda una respuesta mía, pero yo, en lugar de esto, cerré sus labios con un beso.
–Respóndame– volvió a decir. –¿Me ama usted? ¿Piensa usted amarme un poco?, ¿solamente
un poco?– –Sí– respondí yo, débilmente, ya que ni siquiera en tales cosas soy capaz
de mentir. Ella me miró durante uno o dos segundos. –No, usted no me ama–. –¿Por
qué no?– –No lo sé. Siento que no le importo
más de lo que le importa una brizna de paja. ¿Es así o no?– –Si así lo crees, ¿cómo
puedo convencerte de lo contrario?– –No le pido que se case conmigo, ni quiero ser
tampoco la entretenida de nadie, pero si usted me amara sólo un poco...No llegó
a acabar la frase. –¿Entonces...?– –¿No comprende usted?– dijo ella, escondiendo
su cara detrás de mi oreja y apretándose contra mí. –No– –Pues bien, si usted me
quiere, soy suya– ¿Qué debía yo hacer? Me repugnaba tomar a una muchacha que se
me ofrecía así, sin condiciones, y, sin embargo, ¿no hubiera sido una tontería dejarla
marchar sin dar satisfacción a su ardiente deseo y al mío?– Sobre todo, sabiendo
que su amenaza de suicidio no tenía el más mínimo sentido. No tanto como usted
piensa. –Bien, termine el capítulo...
¿por qué se decidió al fin?–– ¿Yo? Por detenerme a mitad de camino. Continuando
con mis besos, la acosté sobre su espalda; separé sus pequeños labios y apoyé en
ellos la punta de mi pene. Éstos fueron abriéndose poco a poco, entrando primero
la mitad de mi glande, y luego la cabeza entera. Yo empujé suavemente, pero me sentía
retenido por todas partes, sobre todo en el interior, donde encontraba un serio
obstáculo. Era como cuando, al ir a clavar un clavo, la punta tropieza con una piedra;
es inútil martillear en tales casos, el clavo se tuerce y acaba rompiéndose; del
mismo modo, al hacer mayor fuerza, la punta de mi instrumento se aplanaba, se estrangulaba.
Tuve que hacer un serio esfuerzo para salir del callejón donde me encontraba. Ella
gemía, experimentando sin duda más dolor que placer. Saqué todo mi aparato y lo
intenté de nuevo; pero mi ariete golpeaba en vano la puerta de la fortaleza. Me
preguntaba si no sería mejor empujar bruscamente y forzar la entrada con un asalto
vigoroso, pero me encontraba exhausto y mi fluido vital acabó por derramarse. La
pobre no había llegado a sentir nada, o, en todo caso, muy poco, mientras yo, agotado
por mi vagar nocturno, y enervado por el esfuerzo, caía tendido, inerte, a su lado.
Durante unos segundos me miró estupefacta, luego, de repente, saltando fuera de
la cama con un movimiento felino, se apoderó de la llave que colgaba de mi pantalón,
y de un salto se arrojó fuera de la habitación.
Demasiado débil para poder seguirla,
caí pocos instantes después en un sueño profundo, el mejor reposo de que hubiera
gozado desde hacía tiempo. Durante unos días gocé de una suave calma, alejado de
los conciertos y de todos aquellos lugares donde hubiera podido encontrar a René;
comenzaba a pensar que, con el tiempo, acabaría por hacérseme indiferente. Pero
era demasiado presumir. Mis esfuerzos por intentar borrarlo de mi pensamiento me
impedían lograrlo. Temía tanto no poder lograrlo, que este mismo miedo me lo recordaba
constantemente. En cuanto a la muchacha, creo que sentía por mí casi exactamente
lo mismo que yo sentía por Teleny. Me evitaba todo el tiempo, encerrándose en el
círculo de sus trabajos obligatorios, intentando incluso odiarme, despreciarme;
sin conseguir lograrlo. –¿Odiarlo, por
qué?– Creía sin duda que si había conservado su virginidad era simplemente porque
no tenía el más mínimo interés por ella, y que con el placer que de ella había obtenido
me bastaba. Si la hubiera desflorado y amado, me hubiera adorado a causa de la herida
que le habría causado. Y cuando un día le pregunté si no me estaba agradecida por
haber conservado su virginidad, me respondió simplemente: <<No>>, y
era un <<no>> tajante, ciertamente. –Por lo demás– añadió, –usted no
hizo nada, porque no podía hacerlo–. –¿Cómo que no podía?– –No–. Y acompañó este
<<no>> de una sonora bofetada. De nuevo la estreché entre mis brazos;
luchamos como dos campeones de feria, con tanto ardor, aunque con menos habilidad.
Era una pequeña masa de nervios sólidos y musculados, pero pronto comprendió de
qué lado estaría la victoria. Experimenté un verdadero placer al sentir su cuerpo
palpitar contra el mío, y aunque ella no quería otra cosa que ceder, no fue sino
sin trabajo como llegué apegar mi boca a la suya, y como conseguí arrojarla sobre
el lecho e introducir mi cabeza bajo sus faldas.
Las mujeres son unas criaturas extrañas, imbuidas de prejuicios absurdos; y esta pequeña rústica, apegada a la naturaleza, consideraba aquel homenaje a sus órganos sexuales como una abominación. Me llamó cerdo, bestia puerca y otros agradables epítetos. Se retorció, se enroscó intentando escapar a mis brazos, no consiguiendo sino aumentar el placer que yo le procuraba. Finalmente, vencida por el goce, ayudó a hundir más mi cabeza entre sus piernas, apretándome la nuca con sus dos manos con semejante violencia que sólo con grandes esfuerzos fui capaz de retirar mi lengua de su ardiente vagina. Permanecí, pues, allí, penetrando, succionando, lamiendo aquel pequeño clítoris, hasta que éste pidiera clemencia, probándole así que no era éste un placer a desdeñar; sabía por experiencia que éste era el mejor argumento para convencer a una mujer. Cuando todas la partes internas quedaron bien lubricadas, ayudadas por mi lengua y humedecidas por la acariciadora marea que las inundaba a cada oleada de placer, cuando hubo gustado el placer que cualquier virgen puede procurar a otra sin romper el sello que da fe de su inocencia, la visión de su alborozo, hizo levantar la cabeza de mi instrumento; lo saqué, entonces, triunfante de su prisión, para introducirlo en el antro de la alegría. Pero de nuevo se vio interrumpido en su avance. Un vigoroso golpe de caderas acabó por procurarme más dolor que placer; la resistencia era tal que mi ariete quedó casi averiado en la acción; las paredes cerradas y firmes acabaron por fin de dilatarse, y mi pistón se encontró de pronto como atrapado en el interior de un conducto estrecho, sin poder, sin embargo, perforar el himen. ¿Por qué la naturaleza ha cerrado tan locamente la ruta del placer? ¿Sólo para hacer creer al infatuado esposo que es él el pionero de estas regiones inexploradas? ¿Ignora éste que las mujeres sabias muestran gran habilidad a la hora de reparar las cerraduras forzadas? ¿O acaso sirve sólo para hacerlo objeto de un rito religioso y dar a algún padre confesor el placer de recoger esta flor, placer que por mucho tiempo fue patrimonio de la sacerdotisa?
Las mujeres son unas criaturas extrañas, imbuidas de prejuicios absurdos; y esta pequeña rústica, apegada a la naturaleza, consideraba aquel homenaje a sus órganos sexuales como una abominación. Me llamó cerdo, bestia puerca y otros agradables epítetos. Se retorció, se enroscó intentando escapar a mis brazos, no consiguiendo sino aumentar el placer que yo le procuraba. Finalmente, vencida por el goce, ayudó a hundir más mi cabeza entre sus piernas, apretándome la nuca con sus dos manos con semejante violencia que sólo con grandes esfuerzos fui capaz de retirar mi lengua de su ardiente vagina. Permanecí, pues, allí, penetrando, succionando, lamiendo aquel pequeño clítoris, hasta que éste pidiera clemencia, probándole así que no era éste un placer a desdeñar; sabía por experiencia que éste era el mejor argumento para convencer a una mujer. Cuando todas la partes internas quedaron bien lubricadas, ayudadas por mi lengua y humedecidas por la acariciadora marea que las inundaba a cada oleada de placer, cuando hubo gustado el placer que cualquier virgen puede procurar a otra sin romper el sello que da fe de su inocencia, la visión de su alborozo, hizo levantar la cabeza de mi instrumento; lo saqué, entonces, triunfante de su prisión, para introducirlo en el antro de la alegría. Pero de nuevo se vio interrumpido en su avance. Un vigoroso golpe de caderas acabó por procurarme más dolor que placer; la resistencia era tal que mi ariete quedó casi averiado en la acción; las paredes cerradas y firmes acabaron por fin de dilatarse, y mi pistón se encontró de pronto como atrapado en el interior de un conducto estrecho, sin poder, sin embargo, perforar el himen. ¿Por qué la naturaleza ha cerrado tan locamente la ruta del placer? ¿Sólo para hacer creer al infatuado esposo que es él el pionero de estas regiones inexploradas? ¿Ignora éste que las mujeres sabias muestran gran habilidad a la hora de reparar las cerraduras forzadas? ¿O acaso sirve sólo para hacerlo objeto de un rito religioso y dar a algún padre confesor el placer de recoger esta flor, placer que por mucho tiempo fue patrimonio de la sacerdotisa?
La pobre muchacha sintió como una
cuchillada; sin embargo no lanzó ni un grito, ni un lamento, a pesar de ver yo llenarse
sus ojos de lágrimas. Un nuevo esfuerzo de caderas, un nuevo embate más, y el velo
del templo quedó desgarrado. Pero yo me detuve a tiempo. –¿Puedo seguir?– Usted
ya me ha perdido –repuso ella con tranquilidad. –No del todo, aún sigues siendo
virgen, sí, virgen, y todo porque no soy un vulgar canalla. Dime sólo so puedo poseerte
por completo o no, dime sí o no. –Si me ama, tómeme; pero, si solamente quiere tener
un momento de placer...Después de todo, haga lo que quiera, pero le juro que me
mataré si usted me abandona–. Ésas son cosas que siempre se dicen, pero nunca se
hacen– Usted verá. Saqué mi pene del pasaje, pero antes de dejarla levantarse, la
cosquilleé suavemente con la punta durante un momento, intentando con este placer
suplementario compensarla del daño que acababa de hacerle.–¿Puedo poseerte o no?–
repetí. –¡Imbécil!– dijo ella, de repente, con un susurro repentino. Y escabulléndose
de entre mis brazos saltó hacia la puerta. –Espera a la próxima, y ya verás quién
es el imbécil– le grité; pero ella estaba ya demasiado lejos para poder oírme –Hay que reconocer que se comportó usted de
una manera un poco tonta–. ¿Puedo al menos tomar la revancha en la siguiente
ocasión? Mi revancha, si así puede llamarse, fue terrible.
Teníamos a nuestro servicio como cochero a un joven de planta, extraño y vigoroso, cuya ternura de corazón había estado hasta entonces orientada hacia los caballos. Se enamoró, sin embargo, perdidamente de esta hermosa muchacha, tan áspera para él como una rama de acebo. Había intentado demostrárselo honestamente, de todas las maneras posibles. Su pasión y su continencia, combinadas, había llegado incluso a dulcificar en él todo lo que tenía de rústico y brutal; le ofrecía flores, cintas, ramilletes, pero ella rechazaba con desdén todos sus regalos. Le ofreció incluso casarse con ella de inmediato, llegando hasta a ofrecerle una cabaña y un pedazo de tierra que tenía en su comarca natal. Sus propuestas recibieron, una tras otra, un rechazo formal por parte de la muchacha, que lo humillaba y lo despreciaba, considerando su amor como un insulto. En los ojos del hombre podía leerse una pasión irresistible, mientras los de ella vagaban por el vacío.
Exasperado por su indiferencia, había intentado tomar por la fuerza lo que por amor le era imposible conseguir; pero ella le había hecho comprender que el bello sexo no siempre es el sexo débil. Tras esta tentativa violenta, ella comenzó a excitarlo a propósito. Cada vez que se cruzaba con él, la muchacha se mordía el dedo pulgar ante su cara, haciéndolo restallar con un gesto de burla. La cocinera, que sentía por el fuerte y nervudo mancebo una secreta ternura, y se había dado cuenta de que algo había ocurrido entre la doncella y yo, informó al cochero del asunto, lo que provocó en él un acceso de cólera y de celos. Vivamente herido, y sin saber ya si le importaba más el odio o el amor, y no importándole tampoco lo que pudiera ocurrir, quiso satisfacer a cualquier precio su pasión. La ternura amorosa dio paso en su corazón a la rabia sexual del macho.
A escondidas –y guiado probablemente por la cocinera – se introdujo una noche en la alcoba de la muchachita, escondiéndose allí entre el biombo y un viejo mueble que en su interior había. Su intención era permanecer allí oculto hasta que ella se quedara dormida, deslizándose luego en su lecho, para permanecer allí el resto de la noche, por las buenas o por las malas. Tras un tiempo de espera y ansiedad mortales, porque cada minuto que pasaba le parecía una hora, vio por fin entrar a la dueña de la alcoba, que cuidadosamente cerró la puerta y pasó el pestillo. ¡Qué inmensa alegría! No esperaba, pues, a nadie; estaba por completo a su merced. Con ayuda de dos agujeros que había abierto en el biombo, pudo observar todo lo que la muchacha hizo antes de acostarse. Lentamente, aquélla se quitó la cofia, ató sus cabellos en un grueso moño, se quitó el vestido, el corsé, las enaguas y los calzones. Se quedó sólo con el camisón. Luego, se puso una cofia de dormir, y comenzó a hacer sus oraciones de rodillas. La luna llena inundaba la habitación con su luz pálida, acariciando con sus rayos los brazos desnudos de la muchacha, sus hombros redondos, sus pequeños senos puntiagudos, y envolviéndola a todo ella en un nimbo opalino, que le proporcionaba el delicado lustre y la suavidad del ámbar; el resto de su cuerpo se perdía entre los amplios pliegues del camisón. Inmóvil, y casi aterrorizado de su propia audacia, contemplaba el cochero estos detalles, reteniendo con grandes esfuerzos la respiración anhelante, hasta casi ahogarse, y atravesando con la vista cuanto veía por las mirillas del biombo, con todas sus facultades concentradas en el sentido de la vista. Terminadas sus oraciones, la joven hizo la señal de la cruz y se levantó. Al subir a la cama, un poco alta, mostró al cochero la graciosa finura de sus muslos, sus pequeñas nalgas redondeadas, y, al ir a inclinarse hacia delante, antes de darse la vuelta, aquél pudo ver por un instante la umbrosa juntura de los muslos. El cochero, a la vista de esto, no se paró ya en más detalles: de un salto felino se arrojó sobre ella. Y antes de que ella hubiera logrado lanzar un grito, ya la había él tomando entre sus brazos. –¡Déjame, déjame!– gritó, –o pido socorro–. Grita cuanto quieras, preciosa, que nadie vendrá a ayudarte antes de que yo te posea, porque juro por la Virgen Santísima que no saldré de aquí hasta que no te haya disfrutado. Y ya que ese maricón te usa para darse gusto, lo voy a hacer yo también. Después de todo, más te hubiera valido ser la mujer de un pobre honrado que la puta de un rico. Y tú bien sabes que te he ofrecido en serio ser mi esposa.
Y, mientras decía esto, la aferraba con una mano, con la fuerza de un cepo, intentando con la otra hacerle volver la cabeza para besarla en la boca; al no conseguirlo, la colocó debajo de sí, y, sujetándole la nuca, comenzó a palparle entre las piernas; empuñó su pubis con su ruda mano, se introdujo entre sus piernas separadas y empujó su instrumento entre los labios apenas entreabiertos. A pesar de su hinchazón, después de mis dos tentativas, el enorme pene del gañán logró deslizarse en su interior, consiguiendo alojar su cabeza en el primer tramo de la vagina, donde, como un pesado tamiz sacudido por el viento, desparramó su semen, apenas hubo tocado el clítoris, inundando a la muchacha por completo. Vientre y muslos quedaron cubiertos de este cálido riego, a cuyo contacto la joven tembló y se retorció, como alcanzada por un líquido corrosivo. Cuanto ella más se resistía, mayor era el placer del bruto, que expresaba su éxtasis con sus roncos suspiros, y no perdía vigor ni dureza, cada vez más excitado por las contorsiones de su víctima. Metiendo entonces su enorme mano entre las piernas de ésta, la levantó sobre el lecho, dejándole las piernas en el aire. Apretó luego su glande carnoso contra los labios recién bañados por su semen, y éstos, lubricados por la inundación viscosa, se abrieron sin apenas esfuerzo. En ningún momento se le pasó a él por la cabeza darle a su presa el más mínimo placer; era la furia salvaje y brutal del macho que toma posesión de la hembra, y que antes se hubiera dejado matar que soltarla. Se apoyó contra ella con la pesadez de un toro, y, con un golpe de cadera, hizo avanzar el glande hacia el interior de la vagina, hasta topar con la membrana vaginal, que aún se hallaba intacta, por más que dilatada. Al sentir aquel obstáculo, el cochero experimentó un momento de loca alegría.
Teníamos a nuestro servicio como cochero a un joven de planta, extraño y vigoroso, cuya ternura de corazón había estado hasta entonces orientada hacia los caballos. Se enamoró, sin embargo, perdidamente de esta hermosa muchacha, tan áspera para él como una rama de acebo. Había intentado demostrárselo honestamente, de todas las maneras posibles. Su pasión y su continencia, combinadas, había llegado incluso a dulcificar en él todo lo que tenía de rústico y brutal; le ofrecía flores, cintas, ramilletes, pero ella rechazaba con desdén todos sus regalos. Le ofreció incluso casarse con ella de inmediato, llegando hasta a ofrecerle una cabaña y un pedazo de tierra que tenía en su comarca natal. Sus propuestas recibieron, una tras otra, un rechazo formal por parte de la muchacha, que lo humillaba y lo despreciaba, considerando su amor como un insulto. En los ojos del hombre podía leerse una pasión irresistible, mientras los de ella vagaban por el vacío.
Exasperado por su indiferencia, había intentado tomar por la fuerza lo que por amor le era imposible conseguir; pero ella le había hecho comprender que el bello sexo no siempre es el sexo débil. Tras esta tentativa violenta, ella comenzó a excitarlo a propósito. Cada vez que se cruzaba con él, la muchacha se mordía el dedo pulgar ante su cara, haciéndolo restallar con un gesto de burla. La cocinera, que sentía por el fuerte y nervudo mancebo una secreta ternura, y se había dado cuenta de que algo había ocurrido entre la doncella y yo, informó al cochero del asunto, lo que provocó en él un acceso de cólera y de celos. Vivamente herido, y sin saber ya si le importaba más el odio o el amor, y no importándole tampoco lo que pudiera ocurrir, quiso satisfacer a cualquier precio su pasión. La ternura amorosa dio paso en su corazón a la rabia sexual del macho.
A escondidas –y guiado probablemente por la cocinera – se introdujo una noche en la alcoba de la muchachita, escondiéndose allí entre el biombo y un viejo mueble que en su interior había. Su intención era permanecer allí oculto hasta que ella se quedara dormida, deslizándose luego en su lecho, para permanecer allí el resto de la noche, por las buenas o por las malas. Tras un tiempo de espera y ansiedad mortales, porque cada minuto que pasaba le parecía una hora, vio por fin entrar a la dueña de la alcoba, que cuidadosamente cerró la puerta y pasó el pestillo. ¡Qué inmensa alegría! No esperaba, pues, a nadie; estaba por completo a su merced. Con ayuda de dos agujeros que había abierto en el biombo, pudo observar todo lo que la muchacha hizo antes de acostarse. Lentamente, aquélla se quitó la cofia, ató sus cabellos en un grueso moño, se quitó el vestido, el corsé, las enaguas y los calzones. Se quedó sólo con el camisón. Luego, se puso una cofia de dormir, y comenzó a hacer sus oraciones de rodillas. La luna llena inundaba la habitación con su luz pálida, acariciando con sus rayos los brazos desnudos de la muchacha, sus hombros redondos, sus pequeños senos puntiagudos, y envolviéndola a todo ella en un nimbo opalino, que le proporcionaba el delicado lustre y la suavidad del ámbar; el resto de su cuerpo se perdía entre los amplios pliegues del camisón. Inmóvil, y casi aterrorizado de su propia audacia, contemplaba el cochero estos detalles, reteniendo con grandes esfuerzos la respiración anhelante, hasta casi ahogarse, y atravesando con la vista cuanto veía por las mirillas del biombo, con todas sus facultades concentradas en el sentido de la vista. Terminadas sus oraciones, la joven hizo la señal de la cruz y se levantó. Al subir a la cama, un poco alta, mostró al cochero la graciosa finura de sus muslos, sus pequeñas nalgas redondeadas, y, al ir a inclinarse hacia delante, antes de darse la vuelta, aquél pudo ver por un instante la umbrosa juntura de los muslos. El cochero, a la vista de esto, no se paró ya en más detalles: de un salto felino se arrojó sobre ella. Y antes de que ella hubiera logrado lanzar un grito, ya la había él tomando entre sus brazos. –¡Déjame, déjame!– gritó, –o pido socorro–. Grita cuanto quieras, preciosa, que nadie vendrá a ayudarte antes de que yo te posea, porque juro por la Virgen Santísima que no saldré de aquí hasta que no te haya disfrutado. Y ya que ese maricón te usa para darse gusto, lo voy a hacer yo también. Después de todo, más te hubiera valido ser la mujer de un pobre honrado que la puta de un rico. Y tú bien sabes que te he ofrecido en serio ser mi esposa.
Y, mientras decía esto, la aferraba con una mano, con la fuerza de un cepo, intentando con la otra hacerle volver la cabeza para besarla en la boca; al no conseguirlo, la colocó debajo de sí, y, sujetándole la nuca, comenzó a palparle entre las piernas; empuñó su pubis con su ruda mano, se introdujo entre sus piernas separadas y empujó su instrumento entre los labios apenas entreabiertos. A pesar de su hinchazón, después de mis dos tentativas, el enorme pene del gañán logró deslizarse en su interior, consiguiendo alojar su cabeza en el primer tramo de la vagina, donde, como un pesado tamiz sacudido por el viento, desparramó su semen, apenas hubo tocado el clítoris, inundando a la muchacha por completo. Vientre y muslos quedaron cubiertos de este cálido riego, a cuyo contacto la joven tembló y se retorció, como alcanzada por un líquido corrosivo. Cuanto ella más se resistía, mayor era el placer del bruto, que expresaba su éxtasis con sus roncos suspiros, y no perdía vigor ni dureza, cada vez más excitado por las contorsiones de su víctima. Metiendo entonces su enorme mano entre las piernas de ésta, la levantó sobre el lecho, dejándole las piernas en el aire. Apretó luego su glande carnoso contra los labios recién bañados por su semen, y éstos, lubricados por la inundación viscosa, se abrieron sin apenas esfuerzo. En ningún momento se le pasó a él por la cabeza darle a su presa el más mínimo placer; era la furia salvaje y brutal del macho que toma posesión de la hembra, y que antes se hubiera dejado matar que soltarla. Se apoyó contra ella con la pesadez de un toro, y, con un golpe de cadera, hizo avanzar el glande hacia el interior de la vagina, hasta topar con la membrana vaginal, que aún se hallaba intacta, por más que dilatada. Al sentir aquel obstáculo, el cochero experimentó un momento de loca alegría.
–¡Eres mía– dijo, cubriéndola de besos,
–mía para siempre, hasta la muerte! ¡Mía para siempre jamás!– Ella debió comparar
sin duda en este momento su salvaje alegría con la fría indiferencia que yo le había
mostrado, y sin embargo sintió ganas de gritar; él le cerró la boca con la mano.
Ella se la mordió, pero él no se dio por enterado, y sin preocuparse por el daño
que le hacía y que aún habría de hacerle, la apretó con todas sus fuerzas, y con
una violenta sacudida, superior a todas las anteriores, le atravesó la membrana,
hundiendo su columna priápica hasta lo más profundo de la vagina, hasta hacerla
desaparecer entera. Ella exhaló un grito agudo, penetrante, un grito de dolor y
de angustia, que vibrando en el silencio de la noche, pudo escucharse en toda la
casa. Sin preocuparse por las consecuencia de su acto, ni por los ruidos que empezaban
a escucharse en las habitaciones vecinas, e indiferente, asimismo, a la sangre que
empezaba a correr por los labios vaginales de la niña, hundía una y otra vez, ebrio
de éxtasis, su lanza, hasta el fondo de la herida que acababa de abrir, mezclando
sus gruñidos de placer con los lamentos de su víctima. Cuando hubo terminado, extrajo
de la vaina donde había estado alojada su arma flácida; la joven había quedado al
fin libre, pero quedó tendida en la cama sin conocimiento. Yo entraba precisamente
en mi casa en el momento mismo de escucharse el grito, y aunque me hallaba bien
lejos de pensar en la pobre muchachita, reconocí de inmediato su voz. Subí a grandes
zancadas las escaleras y llegué hasta el último piso, donde me encontré con la cocinera
pálida y temblorosa en el pasillo. –¿Dónde está Catherine?– En su habitación...
creo... –¿De quién era el grito, pues?– Yo... yo... no podría decirle. Tal vez de
ella.– ¿Y por qué no ha ido usted en su ayuda?– La puerta está cerrada por dentro–
respondió ella asustada. Me arrojé corriendo sobre la puerta, y la sacudí con todas
mis fuerzas–. ¡Catherine, abre! ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? Al oír mi voz, ella
volvió a la vida. Dando un violento empellón, conseguí hacer saltar la cerradura,
y la puerta se abrió. Me faltó tiempo para ver a Catherine con el camisón desgarrado
y cubierta desangre. Había logrado ponerse en pie. Desmelenada, con los ojos despidiendo
un extraño fuego y la cara contraída por el dolor, la vergüenza y la locura, era
la imagen viva de Casandra después de ser violada por los soldados de Áyax. De pie
ante la ventana, sus miradas iban y venían de su cama a mi cara, con una expresión
de repugnancia y desprecio. ¡Ahora sabía lo que eran los hombres y lo que valía
su amor! Con un movimiento brusco, corrió hacia la ventana y la abrió. Yo me arrojé
a sujetarla, pero más rápida que yo, y sin que diera tiempo a nadie de impedírselo,
saltó al vacío. Yo logré atrapar una punta de su camisón, que se desgarró por el
peso, no quedando en mi mano sino un jirón de tela. Se oyó luego un ruido sordo,
un grito, unos leves gemidos, y después nada... más que el silencio. La pobre muchacha
había mantenido su palabra.
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Capítulo 5 de Teleny
o El reverso de la medalla, texto atribuido a Oscar Wilde,
de cual se leyó un
fragmento en la Sesión 10 del Círculo.
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