Una de las lamentables carencias de información que
han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo
de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor
quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil,
sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera
razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale
decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el
cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse
mediante el intercambio de miradas que,
por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”,
Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud”, y ella tiernamente:
“Abismo”.
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos
o acariciantes como copos.
Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y
silente, y un ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se
interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá,
entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”.
Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno,
los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan,
estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
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Texto de Mario
Benedetti,
escritor y poeta uruguayo fallecido en el
2009.
Material publicado en Despistes y franquezas (1989)
Buenos Aires: Sudamericana, pp. 28-29,
y leído en la Sesión 4 del Círculo.